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Capítulo 3

Cambios en el rincón perdido

Aquella vez viajé en mi propio automóvil, pero llegar a China fue mucho más difícil que quince años antes. Había solicitado el permiso de entrada a China con antelación de seis meses; únicamente podía tramitarse por una autorizada agencia de viajes china. Un guía, cuyo teléfono me enviaron con anticipación, tenía que recibirnos en la frontera. De hecho, era imposible llamar a los guías uigures de números extranjeros en contexto actual, pero la gravedad de las leyes chinas aún se compensaban fácilmente por la disposición a infringirlas: la agencia aconsejó simplemente pedir el teléfono de un guardia de fronteras para hacer la llamada.

 

Un pueblo kirguís en la frontera con Xinjiang, verano de 2018 (Foto de Meduza)

Xinjiang extrae la mayor parte del petróleo y gas de China. Además, por allí pasan las rutas de tránsito del combustible de Rusia a China. Sin embargo, lo más importante es el papel del eslabón central en el proyecto “Un cinturón y un camino”, la iniciativa de infraestructura china global que vinculará la mercados de China, Medio Oriente y Europa. Debido a esto unas inversiones grandiosas comenzarón a entrar en la región subdesarrollada. Tras haber llevado la red de carreteras en su territorio a los estándares europeos, China comenzó a subsidiar la construcción de sus vecinos: el nuevo ferrocarril conectará Xinjiang con Kirguistán y Uzbekistán. Los trenes aún no transitaban, pero la carretera, por la que había viajado antes, estaba cubierta con asfalto decente.

 

El viejo cuartel en la frontera ya no estaba. En lugar del soldado soñoliento en un nuevo puesto de control kirguís vi todo un destacamento de militares en uniforme de combate moderno. En 2014 cerca de la frontera hubo un enfrentamiento en el que murieron 11 uigures, que habían cruzado la frontera, y un cazador kirguiso. Los delincuentes no tenían armas de fuego, pero cada uno llevaba un Corán, una brújula, un cuchillo, una cuerda y una mortaja. El gobierno de Kirguistán y la comisión china concluyeron que esto era una señal de la participación de los asesinados en un grupo terrorista y, por consecuencia, decidieron reforzar el régimen en la frontera.

 

Desde el lado chino, lo único nuevo era la barrera, ante la cual el vigilante, con su rostro pedregoso, fotografiaba nuestras caras con un teléfono e introducía los números de pasaporte en el ordenador. Cincuenta metros más adelante, ante la siguiente barrera, cinco soldados registraron cuidadosamente el coche, nuevamente revisaron los pasaportes y fotografiaron a los pasajeros. En los próximos veinte minutos pasamos otros tres puntos de control y al menos diez cámaras de videovigilancia. En la siguiente barrera un guardia con guantes blancos nos envió a un edificio grande y moderno con puertas automáticas. El interior estaba lleno de escáneres y rayos X, nuevos y brillantes, similares a los equipos médicos.

 

El guía, un obeso uigur vestido en chándal, estaba esperándonos. Con una sonrisa de circunstancia explicó que los controles habían sido sólo el calentamiento: tendríamos que pasar por tres fases de control, cada uno de los cuales estaba compuesto de dos a cuatro pasos. Para empezar, los guardias de frontera examinaron el contenido de cada uno de los teléfonos y eliminaron las fotos tomadas en la zona neutral. Luego el equipaje pasó por la máquina de rayos X. Los libros y los apuntes fueron inspeccionados aparte; lo que más sospechas levantó fue “Esta noche la libertad”, un grueso volumen sobre la demarcación entre la India y Pakistán. Los militares tuvieron que ponerse en contacto por radio con las autoridades que finalmente reconocieron que la palabra “libertad” no podía ser motivo para la confiscación.

 

Luego el coche pasó a un garaje con rayos X, pero como las imágenes no se examinaban in situ, sino en el departamento analítico en Urumchi a 1.500 kilómetros, la respuesta tardó una hora en llegar. Las imágenes salían malas, el coche fue llevado a los rayos X tres veces. Cada vez debido a la intensidad de la radiación de los rayos en el garaje, se iluminaba una señal de riesgo por radiación y saltaba el sonido lento de una sirena, pero nadie le prestaba atención.

Después de la inspección aduanera comenzó la militar: personas uniformadas conectaban a todas las computadoras un dispositivo especial que escaneaba archivos de video, fotos, listas de contactos y textos. Buscaron mapas, rostros y nombres. Mi viejo portátil no se conectó con el gadget con la inscripción en inglés MobileHunter en una funda de goma gruesa que se utilizaba para el chequeo y ellos tuvieron que pasar las fotos una por una a mano. Estaba preocupado por los retratos de los viejos amigos uigures, pero los soldados estaban trabajando ineptamente y no encontraron ni aquellas foto ni el archivo con fotografías tibetanas. De repente, me asusté: en muchos años que estaba viajando por China no había tenido que lidiar con nada parecido.

A los turistas a los que les registraban a nuestro lado los militares instalaron en los teléfonos una aplicación especial, JingWang Weishi, que se utiliza en Xinjiang para espiar a los musulmanes. JingWang informa a la policía del ID de dispositivo, el número de modelo y su propietario, y posteriormente monitoriza toda la información que entra, señalando al usuario la presencia del contenido peligrosos desde el punto de vista del Estado. Yo había leído sobre la aplicación antes, pero pensaba que era un rumor. Después de cinco horas en la frontera ya sabía que su instalación era obligatoria para los uigures desde hacía poco. Logré esconder mi teléfono móvil.

Después de la inspección militar nos ordenaron proceder al control de pasaportes ubicado a 140 kilómetros de la frontera.

Mapa de Xinjiang

La carretera estaba irreconocible: una nueva y magnífica autopista se extendía a lo largo de las laderas arenosas, sumergiéndose periódicamente en los túneles y cruzando los ríos en puentes sin precedentes en Asia. Curiosamente apenas había movimiento en ella; únicamente en un lugar el coche de repente se rodeó por camellos, los descendientes de aquellos peludos bactrianos de dos jorobas mantenían viva la Ruta de la Seda. Se erguían, enormes, por encima del coche como robots de la “Guerra de las Galaxias” al galopear un poco a lo largo de la carretera saltaron fácilmente los altos parachoques metálicos y corrieron al desierto. Allí adonde se dirigieron Xinjiang no parecía haber cambiado en absoluto y seguía siendo un desierto interminable con un mar de dunas de arena, lagos migratorios, picos nevados en el horizonte y ríos rugientes escondidos en sus angostos cañones. Como antes, cada desvío de la carretera prometía una aventura: yo quería, incluso sin el sello en mi pasaporte, bajar de la autopista y recorrer las arenosas colinas.

Ahora esto estaba descartado: a cada pocos kilómetros había cámaras qe registraban cualquier movimiento. Tenían solo un objetivo pero a menudo estaban en grupos de tres o cinco. Las cámaras reconocían no solo las matrículas de vehículos, sino también las caras de los conductores. Por la noche, los retroproyectores destellaban luces que cegaban más los faros delanteros. Mientras pasaba el siguiente control, traté de taparme los ojos con la mano para poder de algún modo distinguir el camino. El gesto no pasó desapercibido: las cuatro cámaras parpadearon de inmediato, como un estroboscopio, con una serie de flashes.

A cada 20 o 30 kilómetros el camino estaba bloqueado con barricadas hechas de pesadas barreras de acero y abrozos que podían detener un tanque. Largas colas de autobuses que transportaban pasajeros uigures esperaban alineados frente a los torniquetes que conducían cabinas con escáneres faciales y más adelante, a las ventanillas donde los resultados del análisis se comparaban con tarjetas de identificación de plástico. A muchos se les pidió que conectaran teléfonos móviles al mismo Mobile Hunter, o simplemente introdujeran la contraseña y entregaran el dispositivo a la policía. Personas se ponían en largas colas con caras de desánimo y resignación; las cámaras colgadas como racimos del techo de cada uno de esos puestos les controlaban de forma continua. Noté que ahora eran solo los ancianos mayores que llevaban barbas.

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Fuente: Meduza Project

Traducción: Eulixe.com