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Disneyland

Hace tres años las autoridades chinas anunciaron que los sistemas de videovigilancia con reconocimiento facial privados y públicos se unirían en una base de datos común que cubriría completamente a toda la población para 2020.

Xinjiang, donde anteriormente se habían llevado a cabo las primeras explosiones nucleares chinas, fue de nuevo elegido para un experimento piloto: es allí donde está instalada la mayor parte de los 20 millones de cámaras de videovigilancia del país. La cantidad alarmante, visible incluso a simple vista, es confirmada por fuentes oficiales: en 2016 el costo de la seguridad interna superó el gasto en Defensa de China en un 13%. Entre 2014 y 2016, Xinjiang gastó en la videovigilancia el doble que otras otras regiones; en 2017, el triple.

Escaneo de las pupilas de los ojos

 

Hoy en día, la policía china no necesita más de siete minutos para identificar y detener entre la multitud a cualquier sospechoso cuyos rasgos faciales coincidan con los datos indicados en la base central exorbitante.

Un uigur con el DNI. Solo los que tienen este documento pueden hablar con extranjeros

Tras haber implementado con éxito el sistema de seguimiento en Xinjiang, China comenzó a exportar la tecnología disruptiva. Hace dos años se abrió en Ecuador la sucursal de CEIEC, una empresa estatal que mantiene la infraestructura de vigilancia. China, el mayor importador del petróleo ecuatoriano, asignó a este país un préstamo multimillonario para el proyecto en el cual se instalaron cámaras en dos decenas de provincias ecuatorianas. En enero de 2018, la agencia de noticias Xinhua informó que debido a la implementaciçon del nuevo sistema la tasa de criminalidad en el país cayó en un 11.8%; En el marco del nuevo acuerdo, CEIEC presentará en Ecuador un sistema de geolocalización que permite rastrear los teléfonos celulares de los ciudadanos. Las filiales de CEIEC aparecen en Cuba, Brasil, Bolivia y Perú; la compañía ha desarrollado un sistema de censura en Internet para el gobierno de Uganda y está tratando de expandirse en África. En la sección “Europa” en el sitio web de CEIEC, solo consta una oficina de representación hasta el momento, y esta está ubicada en Moscú.

 

Un puesto de control a la entrada del casco viejo de Kasgar

En Xinjiang, el nuevo orden no se limita a la videovigilancia. En el primer año, el gobierno regional de Chen Quangao reforzó la plantilla de policía con diez mil agentes y su número continúa creciendo ( los puestos más bajos a veces son ocupados por los propios uigures). Fui testigo de un entrenamiento de los agentes al lado de su puesto de guardia en la entrada de Kasgar. Dos decenas de hombres y mujeres estaban marchando por el patio de armas, corriendo de un lado a otro y aparentemente tratando de rodear a la multitud invisible: los reclutas no parecían demasiado amenazantes, pero no se podía decir lo mismo de de sus armas.

Solo los comandantes chinos tenían metralletas; los uigures estaban provistos de lanzas con eje de goma y punta de acero, bastones largos que uno tenía que manejar con ambas manos a la vez, y una arma parecida a la horquilla rural que servía para envolver al cuello del enemigo.

Había visto aquellas horquillas antes en el Tíbet, donde probablemente se usaban para neutralizar a la personas que incendiaban a sí mismas; al cerrar el anillo de acero alrededor del cuello de un lama la policía puede inmovilizarlo permaneciendo a una distancia segura. En Xinjiang se empleaba otro modelo en el que las partes de madera de la estructura eran sustituidos por caucho y plástico; en el propioanillo brillaban los plots de descarga eléctrica. Los mismos plots paralizantes se montaban en los escudos sin los cuales la policía no salía a la calle: la parte inferior de cada escudo se dividía en una especie extraña de ranura con dientes, obviamente, también diseñada para el cuello del enemigo.

 

A la mañana siguiente finalmente logré obtener el sello de entrada y terminar con los trámites aduaneros con el coche. En total tardé alrededor de 26 horas en cruzar la forntera. En la segunda mitad del día siguiente, finalmente entré a Kasgar, o mejor dicho, a la nueva ciudad que se erguía en la fabulosa capital antigua de cuentos a la cual había estado deseando volver durante muchos años.

Uno de los pocos antiguos edificios uigures que quedan en el casco viejo de Kasgar

 

Los principios básicos sobre los que se construyeron las ciudades chinas no cambiaron a partir del siglo VII a. C.: siempre es una cuadrícula de barrios rectangulares simétricos que se extienden de norte a sur. El caos turbulento de las estrechas calles de Uigur no puede transformarse en este modelo. Los urbanistas chinos habían luchado contra el viejo Kashgar durante décadas, pero yo no podía imaginar en qué lo acabarían convirtiendo. Ya no hay callejones oscuros, paredes de adobe y mezquitas hechas con ladrillos de arena. En su lugar, sin embargo, no se alzaron los edificios altos chinos sino un Disneyland que dejaba a uno boquiabierto por su escala.

Los chinos convirtieron el antiguo oasis en una ciudad nueva y cómoda para la vida tratando de mantener la apariencia del viejo modo de vida con todas sus fuerzas. Las callejuelas estrechas se habían convertido en amplias avenidas a través de las cuales puede pasar fácilmente un camión de bomberos o un automóvil blindado. Todas la viviendas estaban conectadas al sistema de suministro de agua y el alcantarillado. Pero el espíritu desapareció, así como el olor al humo de las cocinas pequeñas desapareció después de que todas las casas se conectaron al gasoducto. Lo que quebaba de aquellas mismas casas eran puertas talladas, y era para aportar el aire de autenticidad. Los nuevos edificios recordaban a la arquitectura tradicional uigura, pero las paredes de adobe parecían falsas. Las tapetas cortadas a máquina no podían compararse con las ventanas viejas que habían desaparecido, igual que las nuevas baldosas no pueden sustituir la antigua calzada.

La pérdida más importante fue la desaparición de la vida callejera. Pasaron a la historia los herreros y pregoneros, no había más carpinteros que tallaban botellas de calabazas, desaparecieron los vendedores ambulantes y carros tirados por burros que interpretaban el papel de taxis urbanos. Los ancianos en bonetes regionales todavía ceremoniosamente bebían té de las tazas en callejones llenos de flores, pero parecían desconcertados, y el número de turistas chinos fotografiarlos los superaba con creces. En el mercado local, que seguía en su sitio, aún vendían fideos y cabezas de carnero, pero ahora los compradores eran únicamentos los chinos; los comerciantes uigures llevaban puestas las mangas nuevas cintas rojas con caracteres de color amarillo, lo que indicaba que habían recibido la licencia estatal.

El mercado tradicional de Kasgar

Traté de buscar a los amigos, pero ni siquiera encontré las casas en las que solían vivir. En cada calle, mirando en cualquier dirección, ahora se podía ver un puesto de policía envuelto en alambre de púas. Las videocámaras colgaban en todas partes: en los techos de las casas, en los soportes sujetos a las paredes, en las farolas y en las celosías de metal especialmente instaladas encima de las calles. La ciudad se dividía en bloques y al pasar a otro barrio un uigur debe presentar un DNI de plástico, meter la bolsa en un escaner, escanear la pupila, y en algunos casos dejar su teléfono a la policía para la inspección. El mismo procedimiento les espera en el banco, en el hospital, en el supermercado y en el paso subterráneo. Las calles son patrulladas por vehículos blindados, fuerzas especiales y equipos integrados por escuadrones de voluntarios uigures que detienen periódicamente a los transeúntes para identificarles. Tres vigilantes de un escuadrón, al notar que yo había fotografiado a un agente de policía, me obligaron a eliminar la imagen y nos persiguieron abiertamente el resto de la noche.

Control de seguridad a la entrada de un supermercado

Logré encontrar un par de mezquitas sobrevivientes, pero en las antiguas puertas me saludaron con cerraduras. No muy lejos de la madrasa (también cerrada) un peletero, vestido con el traje tradicional estaba sentado en un cruce cosiendo un gorro uigur. Tanto el peletero como el sombrero eran de bronce. Los verdaderos sombreros de piel se vendían en una tienda de recuerdos, pero no pude encontrar al artesano que los hacía. No había más maravillosos cuchillos antiguos, ni colgados de los cinturones ni donde les vendían antaño. Al oír la palabra “pchak” los vendedores se apartaban y sólo un anticuario sacó de debajo del mostrador una caja pesada. En ella yacían lujosas empuñaduras antiguas: las hojas habían sido cortadas con sierra eléctrica de forma bárbara. Incluso cuando los uigures compran cuchillos de cocina ordinarios están ahora obligados a aplicar en la hoja un grabado láser que identifique al propietario con el código QR. En los restaurantes de Aksu los cuchillos de cocina son atados a las paredes con cadenas.

Una madrasa superviviente en Kasgar

A dos pasos de la tienda que vendía esos vestigios del pasado había antes un tandoor donde se horneaban las tortillas más deliciosas de la ciudad. Reconocí el lugar, que también estaba decorado con un enorme monumento de bronce, de tamaño real, que conmemoraba tanto las tortillas como a los panaderos. Turistas estaban sacándose fotos con el tandoor de bronce.

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Texto e imágenes: Meduza

Traducción: Eulixe.com