Hoy es dificil imaginar lo que pasó aquí hace un siglo. Mirando la ciudad desde el mismo punto de Montjuïc desde donde fue tomada la famosa foto, parece imposible que el paisaje estuviera dominado por columnas de humo y que muchas calles estuvieran cortadas por barricadas. Pero así fue. Del 26 de julio al 2 de agosto de 1909, Barcelona ardió . Fue tan dramático el episodio, que recibió un nombre, la Setmana Tràgica, que aún pervive en el imaginario colectivo ciudadano. Un siglo después, la mayoría de los escenarios sigue en la ciudad, pero son pacíficos testigos mudos de unos tiempos que fueron convulsos.

Esta es la foto más popular y que define la Setmana Tràgica. Desde Montjuïc es posible divisar un paisaje sembrado de columnas de humo (‘La Vanguardia’ / Archivo – Propias)

Se conoce con el nombre de Semana Trágica (o Setmana Tràgica, en catalán)  a los sucesos acaecidos en Barcelona y otras ciudades de Cataluña entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909. El desencadenante de estos violentos acontecimientos fue el decreto del gobierno de Antonio Maura de enviar tropas de reserva a las posesiones españolas en Marruecos, en ese momento muy inestable, siendo la mayoría de estos reservistas padres de familia de las clases obreras. Los sindicatos convocaron una huelga general.

Esta sociedad que transita un cambio de siglo, convulsionada por la pérdida de las colonias, los movimientos obreros, por el pistolerismo y por la violencia, hasta el punto de que Barcelona recibió el apelativo de la rosa de foc,se vio además impactada por otros fenómenos como el darwinismo, el republicanismo o la escuela laica, movimientos que sacaban a Dios y al rey del centro del mundo. La Iglesia y los más pudientes se opusieron frontalmente a los cambios, añadiendo nuevos focos de conflicto.

En este estado de cosas, el 9 de julio de 1909, los operarios que trabajaban en la línea férrea que debía unir Melilla con las minas de Beni-Buifur, propiedad del conde de Romanones y del marqués de Comillas, fueron atacados por cabileños. El gobierno Maura decidió dar una respuesta armada y movilizó a 40.000 reservistas, muchos casados y con hijos, y muchos catalanes. Esta decisión causó desolación entre los sectores más desfavorecidos, por cuando en esos tiempos el ingreso en el ejército se podía evitar pagando la redención, que eran 1.500 pesetas en metálico. Para que se vea la importancia del montante, venía a ser el sueldo anual de un obrero. Así, el peso del esfuerzo bélico recaía sobre las clases más pobres, que sentían que iban a pelear a una guerra para defender los intereses económicos de los más ricos.

La Setmana Tràgica empezó el 26 de julio. Los sediciosos se enfrentaron con las escasas fuerzas del orden con los lemas de “viva el ejército” y “abajo la guerra”. De inmediato, las iras se centraron en la religión. El mismo 26 se quemó el primer edificio religioso, el colegio de los Hermanos Maristas. Luego vendrían casi 80 más entre escuelas, conventos e iglesias. Los rebeldes veían en los curas el medio por el cual se mantiene el poder, desde la enseñanza, dominada en aquellos tiempos por sacerdotes y monjas. Al día siguiente de iniciarse los disturbios, el capitán general, Luis de Santiago, decidió proclamar el estado de guerra, pero fue necesario traer tropas de fuera para someter a los amotinados.

Hasta el 2 de agosto la ciudad no recuperó la normalidad, y durante días estuvo prácticamente incomunicada. La represión que se desató fue feroz, a pesar de que no faltó quien pidiera clemencia, como Joan Maragall, en un artículo publicado en La Veu de Catalunya y titulado La ciutat del perdó.Pero no le hicieron caso. De esto hace ahora un siglo, y, mirando la ciudad desde Montjuïc,se hace difícil imaginar lo que pasó.

Fuentes: LaVanguardia, Wikipedia