Hace justo hoy una semana fuimos testigos de una carnicería 3.0 en Nueva Zelanda. Brenton Tarrant, como se identificó el autor, entraba en una mezquita de Christchurch con armamento de última generación, asesinando a sangre fría a 50 personas. La matanza fue retransmitida en directo a través de Facebook, y previamente publicitada en foros como 8chan, en el que escribió: “Bueno, chavales, es hora de dejar de publicar mierdas y de pasar a la acción en la vida real… Hace tiempo que nos conocemos y a pesar de ser todos vosotros maricones, inútiles y degenerados, sois unos tíos de lo mejor y la mejor peña que se puede pedir“. Todo lo que rodea a este suceso por parte de Tarrant tiene un macabro tono irónico e incluso humorístico muy preocupantes, que parece encajar en un nuevo movimiento fascista global para millenials. La cámara en plano subjetivo, las referencias a videojuegos como Fortnite, los avisos y retransmisión en redes sociales, la publicidad a un canal de YouTube justo antes de empezar a disparar, la canción tributo a Radovan Karadzic en el coche, el meme del “comentarista australiano”… todo forma parte de lo que el propio Tarrant denomina una “publicación en la vida real” (real life post). Los mecanismos que han propiciado dar este siniestro paso del mundo online al mundo real son sin duda mucho más complejos, y serán a buen seguro estudiados por psicólogos y sociólogos de todo el mundo. Sin embargo ya sabemos algunas cosas sobre este caso que han de hacernos pensar.

Mensaje colgado por el asesino de Nueva Zelanda poco antes de la masacre, en el foro 8Chan.

El autor de la masacre colgó días antes imágenes de las armas utilizadas (con mensajes supremacistas de todo tipo escritos en ellas), e incluso redactó una autoentrevista en la que intenta explicar las razones que le han llevado a cometer semejante atrocidad. Este moderno Mein Kampf es un popurrí de ideas fascistas y nacionalistas que busca justificar la barbarie y propagar el odio. Solo con cambiar algunos términos (“inmigrante” por “occidental”, por ejemplo) tendríamos un compendio yihadista digno del propio ISIS. En él llama a la violencia genocida para expulsar a los “invasores” de Europa, EEUU, Australia y Nueva Zelanda, y también se aprecia un profundo odio al socialismo y un extraño pánico a la curva de natalidad.  Sin embargo, según pasan los días y vamos conociendo más información, va quedando claro que Tarrant no era un lobo solitario ni un demente. Su ideología se ha ido conformando con el paso del tiempo a través de diferentes experiencias y contactos. Recorrió por ejemplo parte de Europa en 2012 (Norte de España incluido), y viajó también por países como Turquía, Pakistán e incluso Corea del Norte. En su propio manifiesto afirma que decidió realizar la masacre mientras estaba en Francia, donde fue testigo de la derrota del Frente Nacional en 2017. En 2018 hizo una ruta por Serbia, Croacia, Hungría, Rumanía y Bulgaria, visitando emplazamientos de batallas históricas contra los musulmanes. Pero el principal contacto con redes fascistas internacionales lo realizaba utilizando internet como herramienta, donde nunca ocultó su nombre ni sus intenciones. En Twitter por ejemplo publicó fotos de su arma semiautomática días antes del ataque, y en el foro 8Chan estaba en contacto con otros individuos de ideología similar e hizo el llamamiento a observar en directo la matanza a través de Facebook. Incluso al comienzo del vídeo, Tarrant afirma como si se tratara de un emplazamiento publicitario: “Y no olvidéis suscribiros a PewDiePie”.

El youtuber PewDiePie se apresuró a desmentir cualquier relación con Tarrant.

Pero, ¿quién es PewDiePie y qué tiene que ver con todo esto? Pues es el youtuber más famoso y seguido de nuestra era, y no tiene nada que ver con la masacre tal y como se apresuró a reconocer en su canal. Sin embargo, y siguiendo un documentado hilo del periodista Emilio Domenech, si que podemos extraer una relación indirecta entre ambos. Resumiendo, el youtuber lleva meses en una lucha con una productora india (T-Series) por ser el canal más seguido de la historia de YouTube, y representa el ala mas tradicional en la plataforma, convirtiéndose en una especie de héroe individualista luchando contra el sistema. Tal y como dice Emilio, “es un David vs. Goliath de la era youtuber en el que los creadores independientes se unieron para una última batalla contra el mal corporativista“. Gran parte de sus seguidores mas fieles son gamers, algunos de los cuales se declaran agentes encargados de señalar lo que ellos denominan SJW (Social Justice Warriors – Luchadores de la Justicia Social), es decir, usuarios con discursos progresistas, especialmente aquellos que difunden ideas antiracistas, feministas o ecologistas. No solo los señalan, sino que los ridiculizan en grupo. De este modo, PewDiePie no es culpable de nada de lo sucedido, pero si es el origen de un movimiento ultraderechista que tiene como nexo de unión y canal de comunicación la plataforma YouTube. Así se entiende ese “Y no olvidéis suscribiros a PewDiePie” justo antes de asesinar a sangre fría a 50 personas. Por supuesto ni PewDiePie ni YouTube son culpables. Sin embargo, la relación sirve para entender cómo se nutre y esparce esta ideología fascista y supremacista hoy en día. Lo peor de la cultura de internet al servicio de la peor ideología que puede invadir una mente humana.

Pero no solo internet es la fuente de donde bebía odio Tarrant. Los medios de comunicación tradicionales también tienen algo que ver en su radicalización. Tal y como dejó por escrito en su manifiesto, “la persona que me influyó sobre todo fue Candace Owens… cada vez que ella hablaba, me sorprendían sus ideas, y sus propias opiniones me ayudaron a empujarme más y más a creer en la violencia sobre la mansedumbre“. Candace es una comentarista y activista ultraconservadora estadounidense, firme defensora de Donald Trump y azote de los “luchadores de la justicia social”. Entramos aquí en un tema espinoso alrededor de la libertad de expresión. ¿Hasta qué punto se puede permitir la difusión de mensajes racistas, homófobos y violentos cuya finalidad es cultivar el odio? Sin duda un tema complejo. Lo que no debe extrañarnos es el resurgimiento actual del fascismo, cuando estos medios de comunicación trabajan día a día en la difusión de su mensaje y su blanqueamiento o normalización en la sociedad. Los inmigrantes se convierten así en el chivo expiatorio de las élites para justificar los problemas sociales y económicos generados por la crisis del capitalismo, perpetuando en el poder a los instigadores de ese odio racial que fue el motivador principal de la matanza de Christchurch. Y cuando ese odio germina en la mente de un perturbado como Tarrant, los sucesos dramáticos son inevitables.

 

Cabeceras de medios de comunicación australianos y británicos con un claro mensaje islamófobo.

Ejemplo de diferente tratamiento de sucesos similares en un periódico sensacionalista.

 

Parece claro que los círculos en los que se movía Tarrant en la web utilizaban estas técnicas de blanqueo del fascismo para posteriormente reclutar nuevos seguidores. Tal y como apunta el periodista Jason Wilson en un artículo de The Guardian, “este nuevo estilo de fascismo recluta gente de Internet y busca “darle la píldora roja” (Matrix) a hombres blancos, utilizando la negación plausible que otorga la ironía para luego sumergir a los nuevos adeptos en un movimiento construido a base de memes, un dogma pseudocientífico, pánico racial y lo peor de la cultura de Internet“. En el propio manifiesto de Tarrant podemos observar el uso de esta técnica, que muchos denominan shitposting (literalmente: publicar mierda), y que consiste en bombardear con enormes cantidades de contenido especializado, mayormente irónico o cercano al humor, y que tan solo los seguidores habituales pueden entender en su totalidad. El objetivo es doble. Por un lado se fideliza a estos seguidores que entienden el mensaje y les resulta muy familiar, y por otro provoca una reacción emocional en los que lo desconocen. Se trata de envenenar el mensaje para que resulte más efectivo.

Salvando las distancias, y a diferentes niveles, podemos ver similitudes de este blanqueo del fascismo y utilización del odio como herramienta para consolidar el poder en numerosos casos alrededor del mundo en los últimos años. Situarse como una minoría oprimida y apelar a los instintos más bajos haciendo uso de las nuevas tecnologías de la comunicación es una técnica que están utilizado numerosos políticos. Le funcionó a Trump y a Bolsonaro. En España tenemos el claro ejemplo de VOX, tal y como ya os contamos en otro post. Políticos que pescan en río revuelto y que utilizan sin escrúpulos estas nuevas técnicas de reclutamiento. Y el problema es que la táctica les está funcionando, a costa de las consecuencias que acarrea para la sociedad y el futuro de la convivencia. Recordemos que el odio es el alimento de todas las guerras, y a día de hoy tienen mucho donde comer.

Lo que queda claro es que ni el ecosistema en el que se movía y del que nutría sus motivaciones, ni la herramienta utilizada para comunicarse (internet), ni aquellas personas que sirvieron para afianzar sus ideas supremacistas son culpables de la matanza. No cabe duda de ello, el único culpable es el propio Tarrant. Pero sí existe una compleja relación causa-efecto que es necesario estudiar y comprender para evitar este tipo de situaciones y el crecimiento del movimiento neofascista que recorre el mundo hoy en día. Nos jugamos mucho.